YoVotoCarbassuda

· 4 min · Realismo extraño

Ilustración del relato YoVotoCarbassuda

I

Era la imagen de una carbassuda dentro de una pecera ovalada. La acompañaba un eslogan: «Votar a la carbassuda es votar al cambio». En la caja de descripción, un único hashtag: #YoVotoCarbassuda.

Nadie sabe de dónde salieron exactamente, pero fueron trending topic durante sesenta y un días, batiendo el récord que mantenía Gran Hermano.

Al principio parecía un meme inofensivo, contenido de reacción para streamers e influencers, pero la carbassuda parecía expresar cosas diferentes para cada persona. Algunos decidieron creer que un cambio era posible; otros lo hacían por los «jajas» y los «loles». A la carbassuda se adhirieron nihilistas políticos, revolucionarios, desencantados, indignados, trolls, teóricos de la conspiración, artistas performativos... Se hicieron memes, debates, merchandising, camisetas, gorras y chaquetas con la carbassuda y el hashtag #YoVotoCarbassuda.

La política siempre había sido un chiste, pero al menos este tenía gracia.

Fue el centro de atención mediático durante meses. ¿Qué había detrás de la carbassuda? ¿De qué cambio estaba hablando? ¿Podía llegar a ser realmente presidenta la carbassuda?

La presión fue tan extrema que la cadena encargada del debate preelectoral invitó públicamente a la carbassuda. Para sorpresa de todo el mundo, allí estaba, sobre un atril en el centro del plató, la carbassuda dentro de la pecera ovalada, rodeada de los otros candidatos a la presidencia.

Era la nueva normalidad.

Unos la ridiculizaban y otros hacían ver que no estaba allí. Se centraron en las discusiones de siempre y la carbassuda se mantuvo en silencio.

La imagen de la carbassuda sobre el atril dio la vuelta al mundo. Las encuestas decían que tenía posibilidades de ganar, pero nadie le daba demasiada credibilidad.

Por primera vez en la historia, los jóvenes salieron a votar en masa. Algunos por protesta, otros por esperanza, muchos para hacerse un selfie y colgarlo con el hashtag: #YoVotoCarbassuda.

El resultado de las elecciones parecía inverosímil para muchos, pero así era: la carbassuda había ganado con mayoría absoluta.

II

Era el atardecer. Los últimos rayos de sol se reflejaban en el agua del estanque. El niño iba de la mano de su abuela, arrugada pero cálida.

—Mira, esto es lo que quería enseñarte —dijo la abuela señalando un leve temblor sobre la superficie del agua.

—¿Son ranas? —preguntó el niño, acercándose con curiosidad.

—Todavía no. Pero tampoco son renacuajos. No son una cosa ni la otra.

El niño observó la carbassuda, en mitad de su metamorfosis, con un cuerpo largo y sin extremidades, moviéndose lentamente por el agua. Un ser incompleto, en transición.

—¿Cuándo se convierten en ranas?

—Cuando llega su momento. Algunas lo hacen rápido. Otras tardan mucho. ¿Y sabes qué es lo más curioso?

—¿Qué?

—Que no todas lo consiguen.

El niño volvió a mirar a la carbassuda como si la viera de nuevo por primera vez, preguntándose: ¿y esta carbassuda? ¿Conseguirá convertirse en rana?

La abuela, como si hubiera leído el pensamiento del niño, le puso la mano en el pelo y, con afecto, le dijo:

—Todo se transforma tarde o temprano.

III

El piso era frío, pequeño, de techo bajo y estrecho. La luz artificial de la pantalla del ordenador iluminaba la estancia. Sobre la mesa había restos de una cena precocinada y una taza con café frío.

El hombre frente a la pantalla, que malvivía en aquel piso, trabajaba como profesor asociado en la universidad. Tenía tres carreras —matemáticas, informática y filosofía—, dos másteres y estaba haciendo un doctorado.

Escribía las últimas líneas de la tesis, la falsa.

El doctorado en Algoritmia y Optimización de Redes era una tapadera. Una obligación para no perder el sueldo de profesor asociado. Un trámite que cumplir.

En realidad tenía su tesis paralela, pero esa no podía ser dirigida por nadie y la había mantenido en secreto: Teoría de Juegos y Sistemas Complejos Aplicados a la Política.

Ese era su proyecto.

Hasta entonces había sido la excelencia académica, pero las becas y los reconocimientos, igual que el trabajo en la universidad, no daban para comer tres veces al día. La artrosis prematura le había llevado desde bien pequeño a determinar que se ganaría la vida con su mente prodigiosa, pero parecía que no había nacido en el país adecuado para hacerlo.

Apagó el ordenador y encendió el televisor. La carbassuda dominaba las noticias.

Sonrió.

Qué placer ver que todo salía según el plan.