1
Todo empezó con unos prismáticos.
Volvía andando del colegio a casa. Ese día cambié la ruta habitual; ni siquiera sé por qué. Fue como si una voz en mi cabeza, que no era del todo la mía, me lo hubiera dicho.
Cuando crucé la plaza principal me invadió una sensación extraña, como la de no reconocer del todo un espacio en el que había estado tantas veces.
Vi, en medio de la plaza, un objeto negro dejado en el suelo.
Me acerqué con curiosidad y, al hacerlo, un cosquilleo me recorrió la nuca.
—¿Es lo que creo que es?
Ahí estaban: unos prismáticos abandonados. Los recogí. No estaban rotos; de hecho, parecían nuevos, y de los caros. Más extraño aún: tenían una inscripción, tres siglas: G.S.A.
Sentí un escalofrío. Eran las iniciales de mi nombre, y si eso no es destino no sé qué lo es.
Miré a mi alrededor buscando al posible dueño de los prismáticos. Fue entonces cuando me di cuenta de qué era lo que me había producido tanta extrañeza: la plaza, normalmente a rebosar de gente —padres que recogen a sus hijos del colegio, familias, paseadores de perros, ancianos en los bancos alimentando a las palomas, terrazas llenas—, estaba vacía. No se veía a nadie, ni en los bancos ni en las terrazas.
Estaba solo. Entonces ¿por qué me sentía observado?
Si hubiera habido algún adulto a la vista, tal vez habría devuelto esos prismáticos. Pero tenía la sensación —extraña— de que alguien los había dejado ahí para mí.
Me aseguré de que no me veía nadie y los guardé en la mochila.
2
Llevaba unas cuantas noches subiendo al tejado —claro que lo tengo prohibido—, no es plano, sino triangular, por eso esperaba hasta que mis padres se quedaban dormidos. A mí me dan miedo muchas cosas, pero caerme del tejado no es una de ellas.
Hay mucha gente que le teme a la noche, a la oscuridad, al silencio… para mí es el único momento de paz. No hay nadie, no se escuchan más que los grillos lejanos del campo y algún que otro búho. Mis miedos son todos diurnos, lo sé, es bastante raro, y yo soy raro, o eso es lo que me dicen.
Por la noche solo estamos las estrellas, la luna y yo, y se siente, es raro, como una segunda familia.
Conozco todas las constelaciones, desde donde estoy puedo ver la Osa Mayor, con forma de carro, la Osa Menor, El León, El Sagitario…
Llevo un año deseando un telescopio para observar hasta el último detalle del cielo nocturno. Por eso, los prismáticos, se sienten un regalo, ¿pero de quién?
3
Observaba fascinado cúmulos de estrellas y nebulosas alrededor de Sagitario. Sagitario está junto a Escorpio; marcan el centro de la galaxia. Culturas antiguas creían que allí “vivían los dioses”.
El psicólogo dice que tengo algo que se llama “memoria fotográfica”. Es la capacidad de recordar una imagen con un nivel de detalle como si hubiera tomado una foto mental.
Por eso sabía que ese avión iba a pasar por Escorpio: cada noche, a la misma hora, hace el mismo recorrido.
La 1:11.
Ahora tenía el privilegio de observarlo con mayor detalle y, al hacerlo, sentí que la saliva se me quedaba atrapada en la garganta.
Algo no cuadraba.
No tenía sentido.
Tenía la forma de un avión, pero carecía de ventanillas. No tenía matrícula. No tenía luces intermitentes. Y al pasar por debajo de las nubes, no proyectaba sombra.
Tenía la forma de un avión y se comportaba como tal, ¿pero realmente lo era?
4
La mañana siguiente, era sábado, la pasé investigando por internet.
Descubrí que todos los aviones comerciales tienen un código identificador y se pueden seguir en tiempo real, con información de altitud, compañía, número de vuelo, trayecto, etc.
Inspeccioné el historial de vuelos de diversos rastreadores, seleccioné mi ubicación en el mapa, indiqué la hora: 1:11. No aparecía nada en esa ruta, a esa hora...
A los ojos del mundo, ese “avión” no existía.
5
Me pasé la tarde dando vueltas por mi habitación, teorizando sobre qué podía ser aquel fenómeno en apariencia inexplicable.
Tenía varias hipótesis, de la más racional a la más fantástica.
Podría ser un fallo del radar: el avión existe, pero un error técnico impide que se registre. Pero eso no explicaba la falta de ventanillas ni de luces intermitentes.
Podría ser un vuelo militar encubierto. Pero eso no explicaba la falta de sombra.
Podría ser un dron de gran tamaño. Pero eso no explicaba la forma de avión comercial.
Empecé a rascar debajo de la superficie.
Podría ser un proyecto secreto del gobierno, algún tipo de tecnología experimental no pública.
Podría ser un avión fantasma de otro tiempo.
Podría ser una ilusión, una imagen proyectada desde la tierra al cielo, como si fuera un holograma.
Podría ser la prueba de que la vida es una simulación y ese avión, un error en el código.
Me sentía algo cansado por la falta de horas de sueño, pero mi mente iba a mil por hora.
Practiqué algunos ejercicios de relajación mental que mi psicólogo me había enseñado y que me va muy bien cuando quiero salir del bucle en el que mi mente tantas veces me atrapa.
Respiración consciente, fijar la mirada (y la mente) en objetos físicos y cotidianos.
Observé los prismáticos durante un rato largo, no sabría decir cuánto. Al hacerlo, la mente dejó de fabricar. Qué tranquilidad. Me fijé en las iniciales G.S.A. Las iniciales de mi nombre. Entonces sonreí. Eureka. Había dado con la clave, lo que la mente había descartado, pero que mi corazón clamaba a gritos.
—Ya sé qué es ese avión.
6
Esperé a que mis padres se hubieran dormido para subir al tejado con los prismáticos.
Nunca habían sido las constelaciones, las estrellas o la luna. Había aprendido sus posiciones, su recorrido… pero lo que quería aprender no era lo que había en el cielo, sino lo que no debía estar. Lo raro. Lo anómalo. Algo como yo. Siempre he sentido que existe vida en otros planetas, en otras galaxias, que esto no puede ser lo único que hay. Tantas veces he soñado que venían a buscarme: “Tú no perteneces aquí. Vuelve a casa”.
¿Por qué estaba tan seguro de que eso era un ovni?
Por lógica, si viniera una raza superior a observarnos, no lo haría con esas naves de película, sino que camuflarían su avanzada tecnología bajo una forma reconocible e inofensiva. Pero no era solo la razón, también me lo decía la voz.
Miré el reloj, 1:10. Enfoqué los prismáticos a Escorpio y esperé.
—Vamos, sé que sois vosotros. Quiero creer.
Las 1 y 11 y el “avión” sin ventanillas, luces o sombra apareció. Fue entonces cuando descubrí el detalle clave, que había pasado por alto: en el ala izquierda había una inscripción, unas siglas: G.S.A.
—Lo sabía.
El “avión” no cruzó Escorpio. Se quedó detenido, suspendido en el cielo, como —imposible— si me hubiese escuchado.
Di un paso atrás sin darme cuenta. El pie resbaló en la teja inclinada y, durante una fracción de segundo, supe exactamente lo que iba a pasar. El cuerpo ya había decidido antes que yo. El peso se fue hacia delante, los brazos se abrieron buscando aire, y el tejado dejó de ser suelo.
Sentí el tirón seco en el estómago, esa certeza absoluta de que iba a caer.
Pero justo cuando la gravedad debería haber hecho lo suyo, cuando el golpe ya estaba calculado en mi cabeza, apareció la luz. Blanca. Cegadora.
7
El interior era como el de un avión normal y corriente, pero extremadamente limpio y aséptico, olía como lo haría una sala de operaciones. En lugar de asientos pequeños y rígidos, había butacas cómodas y espaciosas. “Así debe ser ir en primera clase”, pensé.
La puerta de la cabina se abrió y de ella salieron dos criaturas humanoides. Eran bajitas, con piel grisácea como la nieve y un cráneo desproporcionado con el cuerpo.
Se sentaron en las butacas frente a mí y me sonrieron. No sentía miedo.
—Sabía que volveríais a por mí.
Los extraterrestres se miraron entre ellos y rieron sin maldad, me dedicaron una tierna mirada.
Uno de ellos encendió un aparato que llevaba al cuello y traducía al momento un sonido parecido al del pájaro carpintero a un idioma que yo podía entender.
—Tú has nacido en la Tierra. Tus padres son humanos.
Eso me hizo sentir un poco triste.
—Pero tienes razón en algo. Hemos estado observándote, tanto o más que tú a nosotros.
—¿Por qué?
Los extraterrestres se miraron; habló el segundo:
—Porque, aunque seáis una minoría, sois unos cuantos genios en la Tierra.
—¿Genios?
—Sí, genios. Personas con una capacidad intelectual o creativa excepcional, muy por encima de la media.
—Creo que os habéis equivocado entonces, yo no tengo ningún talento.
—Desarrollado, todavía no. Pero el talento no es lo único que distingue al genio, también formas de ver el mundo distintas. Sabías que éramos nosotros, y, ¿sabes por qué? porque nosotros, al igual que tú, nos habíamos escondido detrás de un disfraz de normalidad con tal de no llamar tanto la atención y ser atacados.
—Un genio —prosiguió el segundo extraterrestre— no solo resuelve problemas, formula preguntas que nadie más se había hecho.
—El problema es que muchas de las sociedades de la Tierra, incluida la de tu ubicación, echan a perder a los genios de muchas formas, casi nunca por maldad, sino por ignorancia, miedo o rigidez. Exigen que se adapte de algún modo al molde, ignorando su sensibilidad extraña, etiquetándolo prematuramente, no dándole espacio a jugar, a explorar, a equivocarse y aprender. Y a veces, obligan incluso a convertirse en herramientas, o no permitiéndole encontrar comunidad… ¿Te has sentido así alguna vez? Que tus ideas, tus pensamientos, tus sentimientos extremos o tus preguntas raras no tenían cabida, o incluso eran juzgadas y etiquetadas de inservibles?
—Sí.
—Esto es muy triste. No solo lo triste... Es un completo desperdicio. Es la razón de que la humanidad avance tan despacio. Los necios han ocupado el espacio de los genios y líderes natos.
—Sabemos cómo terminan casos como el tuyo. Heridos para siempre por compañeros de clase idiotas, profesores anticuados o padres que te quieren, pero no te entienden. No saben qué hacer contigo y lo “solucionan” con distancia, en lugar de atención. ¿El resultado? La genialidad se convierte en maldición. Lo que debía aportar luz al mundo se convierte en un pozo interno del que no hay manera de salir. Por eso queremos que vengas con nosotros.
—No eres el primer niño, allí donde irás hay más como tú. Allí puedes encontrar lo que hasta ahora no has tenido. Amor, entendimiento, comprensión, llamada a la aventura, al descubrimiento, la innovación y el juego. ¿Te gustaría venir con nosotros?
—Piénsatelo bien, una vez “desaparezcas” no podrás volver.
Todo lo que me estaban diciendo me parecía de locos, pero, al mismo tiempo, tenía todo el sentido.
Desactivé la mente y escuché a mi corazón.
—No necesito pensarlo más. Quiero ir con vosotros.
Los extraterrestres sonrieron con afecto.
—¿Cómo os llamáis? —pregunté.
—A partir de ahora —dijo uno de ellos—, puedes llamarnos mamá y papá.