Hacía tiempo que no iba en transporte público. Antes hacía el camino de casa al instituto en bicicleta, pero desde que me rompí el ligamento en el último partido tuve que empezar a coger primero el metro y después el autobús. Podría parecer más seguro que la bicicleta, pero yo no lo sentía así.
Algo había cambiado desde la última vez que había cogido el metro. No sabría decir exactamente qué. Normalmente habría estado mirando el móvil, respondiendo WhatsApps o revisando Instastories, pero había empezado a evitar sacarlo. En las redes se hablaba constantemente del aumento de la delincuencia en la ciudad y me daba miedo que alguien me lo arrancara de las manos justo antes de que se cerraran las puertas.
Fue un choque extraño, porque al no mirar el móvil empecé a notar algo que antes se me escapaba. A mi alrededor había veinte, treinta personas, todas mirando su pantalla individual. Levantaban la vista solo de vez en cuando, lo justo para comprobar que no se habían pasado de parada.
Yo era el único que no miraba nada.
Empecé a aprovechar esos trayectos para observar a la gente y dejar que la mente vagara.
En una de esas, las puertas del vagón se abrieron tras el pitido y una marabunta de gente entró. Entonces un olor fuerte invadió mis fosas nasales. Un hedor a podrido, intenso, descarado. Tan fuerte que parecía llenar todo el vagón.
Miré a mi alrededor.
Parecía proceder de una mujer mayor, una anciana. Se apoyaba en un bastón y una mujer más joven —probablemente su hija— la sujetaba del brazo.
Pensé que tal vez era una pérdida de orina, o algo así. La mujer que la acompañaba parecía completamente normal.
Una chica le cedió el asiento y la anciana se sentó justo frente a mí.
Esperé alguna reacción de los demás: un gesto de disgusto, una mueca, algún comentario en voz baja. El olor era tan intenso que debía llegar también a los chicos sentados a su lado.
Pero no hubo nada.
Nadie parecía percibirlo.
Cuando volví a mirar a la anciana, ella ya me estaba mirando.
Era la única persona del vagón que, como yo, no tenía el móvil en la mano. Me observaba con una atención extraña. Sentí algo incómodo, como si pudiera ver a través de mí.
Como si hubiera entendido algo.
Entonces empezó a llorar.
Lloraba en silencio, con una expresión que no era de dolor, sino de reconocimiento. Como si se hubiera dado cuenta de algo que yo todavía no quería entender, aunque una intuición muy profunda ya lo estuviera señalando.
La mujer que la acompañaba le preguntó qué ocurría.
La anciana respondió entre lágrimas:
—Que te quiero mucho y te lo digo poco.
Siguió mirándome.
En la siguiente parada ambas salieron del vagón.
Era la parada del hospital.