La generación del amor

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Ilustración del relato La generación del amor

Gaspar es el presidente del club de cine y audiovisuales de su instituto, también es su único miembro.

El joven es un auténtico amante del cine de terror, especialmente el cine de terror de la década de los 70, tras la caída del código censor que determinaba, bajo el escudo de la moral, qué había determinado qué podía verse en pantalla y qué no desde hacía cuatro décadas. El mundo no había vivido un momento de libertad creativa en el cine como ese, ni lo había de volver a hacer.

En ese momento el cine de terror abandonaba las historias góticas sobre fantasmas y los grandes monstruos, Drácula, Frankenstein, la Momia… y daba paso a un nuevo horror, el humano. Se despoja de la trascendencia mítica para reducir el hombre a vísceras. Historias de sádicos, delincuentes, dementes y perversos que masacran, mutilan, despellejan, y devoran la carne, la sangre y las tripas de la juventud del momento, los hippies, la era del Acuario llega a su sangriento final.

La película favorita de Gaspar, sobre las que se está haciendo el trabajo de investigación del último curso, es: La matanza de Texas, de 1974. Cuenta la historia de un grupo de hippies, Sally, su hermano parapléjico Franklin y sus amigos Jerry, Kirk y Pam que viajan a Texas con el objetivo de revisar la tumba de uno de sus familiares, la cual, según informes de la radio, había sido profanada. Sin embargo, en el trayecto son atacados por una familia de caníbales, uno de ellos, ataviado con una máscara de cuero, rebana a sus víctimas con una motosierra.

Gaspar ha visto La matanza de Texas más de treinta veces, y en cada una de ellas se le ponen los pelos de punta cuando los gritos de los jóvenes masacrados se confunde con los sonidos de un cerdo en su matanza, la manera de deshumanizar. La generación del amor, tras la locura de la familia de Manson, hecha carne destripada, sangre, vísceras y todo lo demás; un cúmulo de músculos, grasa y cerebro; en nada diferente a los animales que comemos en porciones cortadas y envasadas.

Gaspar no tiene muchos amigos, por no decir ninguno en absoluto. En parte se debe a su condición de paralítico, pero el hecho de que solo hable del cine más oscuro y escabroso no ayuda demasiado.

Gaspar tiene todavía ambas extremidades inferiores, pero no las siente, son una extensión muerta de su torso. En cambio su órgano sexual, ese gusano blanco rodeado de un rizado y castaño vello, siente lo que tiene que sentir y responde a estímulos externos, especialmente en los ensayos del grupo de teatro del instituto; cuando ve el tonificado pecho de Fabrizio, brillando por las capas de sudor, o la redondez de las nalgas de Mónica, cuando escapan por debajo de sus shorts.

Algún ingenuo podría llegar a pensar que, por su condición de bisexual, Gaspar gozaba del doble de posibilidades en la actividad favorita de los chicos y chicas de su edad, ligar. Al contrario, tan solo doblaba su frustración.

Nunca lo habría reconocido en voz alta, pero Gaspar se imaginaba un mundo paralelo donde haría teatro en lugar de cine, se expondría frente al público en lugar de esconderse detrás de una cámara, sería visto, sus piernas funcionarían a la perfección, disfrutaría de la lozanía de su cuerpo junto con Fabrizio, Mónica, Abril, Gala, Baco y los demás… gozaría de esa confianza en sí mismo que exultaban los chicos y chicas del grupo de teatro, ajenos al don divino que se les había otorgado, sus jóvenes y perfectamente funcionales cuerpos.

Esos cuerpos que ahora, en su momento más espléndido, se exponen más que nunca. El grupo de teatro se encuentra en plena producción de Hair, el musical sobre la cultura hippie de los años 60. Y aunque la dirección del instituto les ha prohibido llevar a cabo la polémica escena del desnudo integral de todos los actores, los actores y actrices se pasan la mayor parte de la obra semidesnudos; gozosos cuerpos bañados en sudor contoneándose.

Gaspar se ha ofrecido voluntario para llevar a cabo el making of de la producción del musical, con intención de aprovecharlo para su investigación final. De esta manera, Gaspar ha acudido a todos los ensayos, persiguiendo con su cámara los cuerpos celebrando con su baile la era del amor y la liberación sexual, siempre en contrapicado desde la altura de su silla, casi como una veneración.

Es el momento, es la Era de Acuario.

Si bien, Fabrizio y Mónica ponen de su parte para integrar a Gaspar, estos, al igual que el resto, le miran siempre con lástima. Les daba pena. Eso piensa Gaspar cada día cuando cruza el umbral del auditorio: “Les doy pena por ser como soy”.

El resto, más egocéntricos, hacen como si ni siquiera estuviera ahí. Como en el último ensayo, cuando Baco y Gala flirteaban descaradamente, él la cogió de la mano y se la llevó entre risas entre bastidores, chocando con la silla de Gaspar y su cámara que cayó al suelo.

—¿Es que te gusta estar siempre en medio? —le había espetado Baco.

“¿Amor? ¿Liberación sexual?” pensó Gaspar. “Y un cuerno”. Gaspar pensaba que la liberación sexual impulsada por el movimiento hippie en los años 60 había sido una liberación parcial, en la que se ensalzó la juventud sana y lozana, la adolescencia y la belleza. Pero excluidos los ha habido siempre, y siempre los habrá. El comportamiento libidinal, la industria del ocio y la seducción, tan solo habían llevado la individualidad a su siguiente estadio.

En La matanza de Texas, Franklin, el chico paralítico es dejado de lado cuando los jóvenes llegan a la granja. Tras haber caído rodando por un terraplén y haber sido agredido por un autoestopista con una navaja. Franklin, incapaz de subir el mísero escalón del porche, escucha con frustración las risas y el flirteo de los otros hippies, en su hedonista búsqueda de placer.

Cuando Gaspar arrastra su silla y se coloca frente a sus profesores dispuesto a presentar el resultado de su trabajo de investigación, parece otra persona. Se mueve con tranquilidad, en su rostro hay confianza y sosiego. Hace su presentación y reproduce el vídeo, su pieza final.

Torso desnudo bañado en sudor.

Incipientes pectorales.

Los labios de Fabrizio fundiéndose con los labios de Mónica.

Espalda fuerte.

Cuerpos bailando.

La mano de Mónica palpar el paquete de Fabrizio.

Los labios de Fabrizio fundiéndose con los de Baco.

Las piernas de Gaspar, blancas y delgadas, sobre la silla. El gusano blanco rodeado de rizado y castaño vello. Una mano que sujeta un cuchillo de sierra eléctrico. La sierra está en marcha y emite un fuerte sonido.

Unas piernas saltando y cayendo al suelo con gracia.

El cuchillo de sierra eléctrico se acerca a una de las piernas, baja poco a poco hasta que las uñas de la sierra empiezan a desgarrar la piel. Sangre y trozos de carne salen disparados. La pierna herida se ve sacudida por el movimiento del cuchillo, la otra permanece estática.

Los pechos de Abril, los pezones contra la tela.

El cuchillo de sierra eléctrico se acerca a la otra pierna y repite la operación dos veces más. La silla está empapada de sangre. La sierra eléctrica cesa, el silencio es pesado, excepto por un constante gotear de sangre.

La sierra eléctrica se vuelve a encender. Va subiendo por las piernas mutiladas, cortando la carne pálida esta vez en vertical. Sube. Sube. Sube. La sierra eléctrica se dirige al gusano blanco rodeado de un rizado y castaño vello.

La sangre salpica la cámara.

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Portada de la bitácora creativa del relato «La generación del amor»

Bitácora creativa — Nº 2

El cine de la perversidad y yo:
La generación del amor

Si te intriga cómo se convierte un fragmento de diario, un enamoramiento raro y una tarde viendo cine setentero en un relato de horror psicológico, en esta bitácora cuento la cocina completa de «La generación del amor».

Hablamos de deseo, emasculación, cuerpos fuera de la fiesta del “amor libre” y del camino que llevó este texto a ser finalista y publicado en el concurso de relatos de cine La Gran Ilusión. Especialmente útil si tú también quieres escribir y enviar tus historias a concursos.

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Disponible en mi Substack para quienes quieren entrar en la trastienda del texto y ver cómo una herida íntima acaba convertida en un relato premiado.