El purasangre de Alfonsito

· 3 min

Ilustración del relato El purasangre de Alfonsito

Alfonsito lloraba y lloraba sin consuelo. Tal era el llanto que se confundía con una tormenta invernal. Los sollozos rompían el silencio de su enorme castillo. Lloraba en sus aposentos, en sus terrenos, en el establo…
Poco a poco, sus ojos se tornaron rojos como el fuego del infierno.

Los criados, lo más parecido a una familia que tenía, trataron de consolarle y, en consecuencia, sus cabezas terminaron en el cadalso, y el joven quedose en la más absoluta soledad.

Alfonsito pronto se encontró sin víveres; su eterno llanto y el temor a un pueblo enfurecido con su linaje le impedían abandonar el palacio.
Poco a poco, el cuerpo fue consumiéndose a sí mismo.

Impulsado por el hambre y el estado de deshidratación causado por el llanto, acudió en plena noche al establo, fusil en mano. Se detuvo frente a Homero, su majestuoso purasangre, oscuro como el alma de su dueño. Terminó con él de un limpio disparo en la sien.

Alfonsito sació la sed con la sangre de Homero. Más tarde, guisó y devoró gustoso la carne del animal.

En sus aposentos, arropado bajo lujosas sedas, Alfonsito derramaba las últimas lágrimas antes de caer en un profundo sueño.

En él aparecía Homero, acercándose desde el horizonte; la rojiza luz de un nuevo día se posaba sobre el caballo, quien, al quedar cerca de Alfonsito, se arrodilló y pronunció:

—Gustoso de servirle, mi amo.

Alfonsito apreció un ligero matiz de erotismo en el tono de voz de su purasangre.

—¿Me admiras? —preguntó Alfonsito, todavía entre llantos.
—Mucho —respondió el purasangre, ahora con voz de mujer.

Algo arrebató a Alfonsito y sus lágrimas quedaron en suspenso por un segundo.

—Demuéstrame la cuantía de tu admiración —pronunció Alfonsito, clavando su mirada en los profundos ojos negros de Homero.

El purasangre se acercó, pero algo empezó a retorcerse sin piedad en los adentros de Alfonsito.

Alfonsito despertose al instante en su alcoba real creyendo que moría del dolor; se dejó caer al suelo y expulsó al caballo de su estómago.

Trató de volver a conciliar el sueño, pero las sábanas de seda habían quedado mancilladas de lágrimas y simiente, y Alfonsito se sentía turbado.

Alfonsito sintió una corazonada; guardó los restos del caballo, junto con sus propios líquidos intestinales, en un bello cofre de oro.

Durante el día, Alfonsito lloró y lloró, lloró sin consuelo, pero con la llegada de la oscuridad Alfonsito repitió su cena, lo más ceremoniosamente que le fue posible. Devoró los restos del purasangre y el sueño se repitió.

—Gustoso de servirle, mi amo.
—¿Me admiras?
—Mucho.
—Demuéstrame la cuantía de tu admiración.

El purasangre se acercó y, para desesperación de Alfonsito, la náusea regresó con mayor ferocidad. Alfonsito acompañó sus lágrimas con un grito sobrecogedor; ardía en deseos de que su sueño continuase.

La ceremonia se repitió una tercera vez, pero Alfonsito, dispuesto a continuar el sueño, se cosió la boca entre gritos silenciosos de agonía, de manera que nada pudiera salir de ahí.

Alfonsito durmiose, y el sueño al fin continuó. Homero, de pie, se acercaba lentamente a Alfonsito; le habían crecido senos. Cuando estuvo frente a él, se arrodilló de nuevo y, mientras lamía sus pies desnudos, para poco a poco ir subiendo con la lengua, le preguntó:

—¿Por qué lloráis, mi señor?

Alfonsito detuvo la sucia lengua del caballo y le ayudó a incorporarse. Homero ya no era un caballo, ni hombre ni mujer: lo era todo.

Alfonsito se arrodilló ante Homero para empezar a lamerle las patas. Y mientras subía, le respondió:

—Ya no lo recuerdo.

Premium
Ilustración conceptual de la bitácora creativa del relato «El purasangre de Alfonsito»

Bitácora creativa — Nº 3

Covid, Olivetti y eroguro

¿Qué tienen que ver el confinamiento por la covid, una máquina de escribir Olivetti y el descubrimiento del eroguro japonés? En esta bitácora cuento desde dónde nació «El purasangre de Alfonsito»: una escritura lenta, sin vuelta atrás, donde el acto importaba más que el legado.

Hablo del encierro como suspensión del día después, de escribir sin poder borrar, del impacto de Edogawa Rampo y La oruga, y de cómo el eroguro terminó mezclándose con folklore europeo casi sin fricción.

Leer la bitácora creativa →