Me llamo Guillem Gnosis. Soy un joven adulto a punto de independizarse. Mi fondo disponible: 20.000 §. Mi objetivo: vivir de escribir.
Me mudo a Willow Creek. Aquí el paraje es verde y las casas son modestas. Se respira paz.
Compro una propiedad por 13.500 §. Podría permitirme algo mejor, pero prefiero guardar ese dinero y usarlo como fondo durante un tiempo. He venido a escribir.
El sitio donde vivo es conocido como Cabaña Calambre, y las razones saltan a la vista. Es la casa más pequeña, económica y cochambrosa de todo el barrio, la que da la espalda al arroyo que da nombre a la zona. Tiene dos dormitorios, una cocina, un baño y un salón. La casa está amueblada con un gusto terrible. Vendo la cama individual y convierto la segunda habitación en un despacho. La idea de tener hijos todavía queda lejos en el horizonte.
A pesar de que la decoración es austera y deprimente, no toco nada más. Lo dejo todo como está. No tengo tiempo para otras cosas. He venido a escribir.
Una de las primeras cosas que hago es llenar de libros la estantería del salón. Me gasto una cantidad astronómica de dinero en manuales de escritura. Los leo de cabo a rabo y después los analizo. Eso me provoca un subidón de inspiración. Entonces me siento en el despacho y escribo.
Miento si digo que no he cambiado nada. El despacho es mi modesta creación: una mesa frente a la ventana, una silla, el ordenador más barato del mercado y mis únicos dos caprichos. Unas cortinas de terciopelo rojo que sumen el espacio en una eterna penumbra. Y un cuadro que me gusta contemplar en busca de inspiración: un lienzo blanco con una enorme mancha de sangre en medio.
También encuentro a las musas en el baño, si decido tener un momento reflexivo bajo el agua caliente en lugar de una ducha rápida.
Me gustaría vivir aún más apartado, en medio de la nada, para que así nadie me molestara. Pero en Willow Creek hay más residentes y, al cabo de unos días de haberme instalado, los vecinos llaman a mi puerta. Es el comité de bienvenida.
Aunque me interrumpen la escritura, les dejo pasar. En el fondo sé que voy a necesitar hacer vida social si no quiero volverme loco aquí, solo, en la Cabaña Calambre.
Entre los vecinos que han venido a darme la bienvenida hay un chico joven y guapo. Es rubio, tiene los ojos negros y se llama Travis Scott. Enseguida dejo de lado a sus compañeras de piso, Summer Holiday y Liberty Lee, y también la tarta de arándanos que han cocinado, aunque nadie la está comiendo. Hablo con Travis sin parar. El interés parece recíproco. Incluyo también a Elvira Lápida en la conversación. Me encanta su estilo; seguro que seremos buenas amigas.
Cuando todos se están yendo, decido lanzarme a la piscina —no literalmente, claro— y le pregunto a Travis si quiere quedarse a pasar la noche conmigo. Travis se violenta. Luego se mofa de mi proposición. Hiere mis sentimientos y se va. La relación que hemos construido durante la tarde de bienvenida con pastel de arándanos cae en picado.
Guardo los restos del pastel, a pesar de que todos hemos comentado lo malo que estaba. Lo como durante los días siguientes y cada vez me sienta peor. Lloro y grito al cielo. Me exijo escribir y no puedo.
He vendido el televisor que venía con la casa. Prefiero el silencio. No gasto dinero en nada que no sea comida. Espero haber cobrado algo para cuando llegue la primera factura.
Me pongo a escribir.
Escribo un cuento infantil titulado Las hadas carnívoras. Lo termino en tres sentadas. Ya tengo listo el manuscrito. Lo autopublico. Las hadas carnívoras llama la atención de otras editoriales y me ofrecen un contrato para mi siguiente historia.
Los días pasan. Yo escribo, escribo y escribo. Termino mi segundo manuscrito: un relato de terror titulado El descuartizador de Willow Creek. Está inspirado en lo que siento por Travis Scott, de quien no he vuelto a tener noticias. Lo publico con editorial y sigo escribiendo.
El relato es todo un éxito. Me piden otros géneros. Me pongo a estudiar. Escribo un tratado: Estudio de la lágrima: iconografía, ciencia y espiritualidad.
Escribo durante todo el día y parte de la noche. Solo detengo el flujo para cubrir mis necesidades básicas: comer, mear, ducharme y divertirme. Siempre escribo hasta alcanzar el límite, hasta que ya no puedo más. Agoto hasta el último segundo. Tanto es así que, la mayoría de las veces, acabo de mal humor para el resto del día.
Travis Scott me llama por teléfono para pedirme consejo. Por lo visto, se ha enamorado de una de sus compañeras de piso y no sabe si declararse. Tiene miedo de que no sea recíproco. Hago de tripas corazón y le respondo que sea honesto con ella, que lo intente, que luche por el amor. Me dice que ha seguido mi consejo y que le ha ido muy bien. Me da las gracias.
Me alegro por él.
A pesar de ello, Travis aparece un día en la puerta de mi casa. Justo cuando estoy escribiendo bajo un torrente de creatividad.
Y aquí viene, indefectible, la debilidad del héroe.
Dejo de escribir. Voy a abrirle la puerta, no sin antes hacerme un poco el remolón. Le invito a pasar. Nuestra relación está dañada desde que se burló de mí. Lo cual no es ningún impedimento para que yo saque mis armas, lo seduzca y acabemos en la cama haciendo el ñiqui ñiqui antes de que Travis pueda decir: Za Woka Geneva. Que, traducido de mi idioma, el simlish, sería algo así como: te quiero comer entero.
Travis se queda dormido después del ñiqui ñiqui y yo me escabullo de la cama para ir al despacho.
Me siento a escribir.
Los días siguen y son bastante iguales. Escribo. Me ducho. Escribo. Como. Escribo. Meo. Escribo.
No salgo de casa. ¿Para qué?
De vez en cuando tengo que socializar para no volverme loco y llamo a Elvira Lápida. Cotilleamos sobre el vecindario. Ponemos verde a la rubia tonta de Summer Holiday y a la pesada de Liberty Lee.
No solo me obligo a socializar. También me obligo a tener un rato de diversión de vez en cuando. Por lo visto, hacer de tu pasión un trabajo provoca que la diversión desaparezca y se convierta, precisamente, en eso: un trabajo.
Lo que hago para divertirme es jugar a videojuegos. Los juego en el mismo ordenador en el que escribo. No lo sabía, pero resulta que soy un as. Tanto es así que el ordenador, el más barato del mercado, uno de tubo, negro, se estropea cada dos por tres de tanta matraca y tengo que repararlo por 400 §.
Lo único que me distrae de esta rutina casi perfecta es Travis.
Travis ya no llama por teléfono. Solo viene a Cabaña Calambre, llama a la puerta y yo le abro. Hacemos el ñiqui ñiqui y le cuento los videojuegos que he jugado. A él también le encantan. De hecho, empieza a coger la costumbre de ir a mi despacho y jugar en mi ordenador. Si no fuera por el ñiqui ñiqui, pensaría que solo viene a probar el nuevo juego que he comprado. Trato de hablarle también de literatura, pero eso a Travis no le interesa en absoluto.
A veces, si me coge la inspiración de tanto amor, tengo que echarle de mi silla para ponerme a escribir. Mis habilidades como escritor han ido en aumento. Las musas me han tocado y ya puedo escribir poesía. Titulo mi primer poemario: Enamorado de Travis Scott.
Es mi mayor éxito.
Llega mi primera factura. Tengo miedo mientras voy al buzón.
489 §.
Pago la factura sin demasiada preocupación. Ya tengo más de cinco obras publicadas y percibo unos 500 § al día por los derechos de explotación de todas ellas.
Lo he logrado.
El sueño que perseguía al independizarme.
Vivir de escribir.
Soy escritor.
No hay celebración. No hay música. Travis no está. El ordenador se ha estropeado.
Pago los 400 § de la reparación.
Me siento a escribir.