Beneficios y Desventajas

· 5 min · Terror cotidiano

Ilustración del relato Beneficios y Desventajas

Me dijeron que, cuando despertara, me encontraría en la unidad de cuidados intensivos, rodeado de otros niños recién operados como yo. Allí pasaría unas horas en observación, hasta que me subieran a planta. Por eso me extrañó tanto despertar y no ver a ningún niño, de hecho, no veía nada, estaba en completa oscuridad.

No podía sentir el cuerpo; mi mente, nublada por la anestesia, flotaba. Al principio era incapaz de articular un pensamiento racional. Se parecía a ese estado intermedio entre la vigilia y el sueño, como cuando estás a punto de quedarte dormido y tu cabeza empieza a delirar, o cuando te despiertas arrastrando contigo un sueño y tardas un poco en distinguir lo que es real y lo que fue soñado. La oscuridad se lo tragaba todo, incluso mi cuerpo. Escuchaba un único sonido, que se repetía una y otra vez, pero no conseguía distinguir de qué se trataba.

El último recuerdo que tenía era estar en la camilla, entubado. El anestesista diciéndome: “Cuenta del uno al diez”, “Uno… (¿Saldré de esta?), dos… (¿Dolerá mucho?), tres… (¿Cómo quedará la cicatriz?), cuatro… (¿Sentiré el peso del hierro en la espalda?), cinco… (¿Hará saltar el detector de metales del control del aeropuerto?), seis… (Si me muero, ¿me echarán de menos?) … Ya no recordaba más.

¿Dónde estaban los otros niños? ¿Dónde estaba yo? ¿Dónde estaba el médico? ¿Y las enfermeras? ¿Por qué no había nadie?

Abrí los labios, tratando de hablar, pero de mi boca solo escapó un silbido. No sentía el cuerpo. No había cuerpo, solo oscuridad, había muerto. Por eso no había otros niños, por eso no había nadie, por eso no podía moverme… no había pasado la operación. Pero… ¿Cómo era capaz de pensar? Como ateo, esperaba la nada, la desaparición de la conciencia, y sin embargo ahí seguía, flotando, hasta el fin de los tiempos.

Conforme pasaron los minutos y la niebla mental fue disipándose comencé a sentir las extremidades y la espalda entumecida. Me centré en el sonido. Al principio habría dicho que eran pasos, que había alguien más conmigo. De nuevo traté de hablar. De nuevo fui incapaz. Me serené. Escuché con atención. El ruido se volvió nítido. Eran mis constantes cardíacas. Señal de que mi corazón funcionaba, de que estaba en el hospital y aún no estaba muerto. Respiré por primera vez, o así lo pareció. Mis pulmones se llenaron de aire y un intenso dolor me llegó como una descarga eléctrica. Mis constantes vitales se aceleraron.

Se hizo la luz, no mucha, la que entraba por la puerta. La enfermera entró para comprobar mi estado.

–Duele –Conseguí musitar.

La enfermera me dio la espalda y manipuló el gotero. La sensación de dolor desapareció casi al instante, el cuerpo perdió de nuevo su peso y su martirio, sentí que flotaba en una nube, quise quedarme allí flotando y no bajar nunca. Solo sentía unas cosquillas en mi cabeza. Era la morfina. La cara sí podía sentirla, y la lengua… tan seca…

—Agua —Pedí.

—No puedes ingerir líquido todavía. Tendrá que esperar a que te subamos a planta.

Pero aún quedaban… ¿horas? No tenía forma de medir el tiempo, solo en percepción, la cual estaba igual de nublada que mi mente. Me dormía y me volvía a despertar, la boca cada vez más pastosa. Me parecieron tres días. En realidad, fue una tarde. Finalmente, la enfermera me dio un zumo de melocotón, siempre me ha gustado más que el de piña. Lo bebí todo seguido.

—Te vamos a subir a planta.

El traslado a la camilla me produjo un dolor insoportable. Algo que jamás había sentido y que no esperaba sentir. El martirio se repitió cuando me trasladaron de la camilla a la cama de la habitación del hospital. Mi estómago rechazó el zumo que había bebido, pedí un cubo y vomité.

Me contaron que había habido complicaciones durante la operación, había perdido mucha sangre. Previamente a la operación me habían sacado medio litro, en dos días diferentes, por si era necesaria. Resultó que iba a necesitar esa sangre y más. Me habían puesto también la de un donante. Por eso no me habían puesto con los demás niños y yo me había creído muerto durante horas. Hoy en día, me pregunto de quién es la sangre que aún corre por mis venas.

–Oye… ¿Te puedo hacer una pregunta?
–Dime.
–¿Tú eres discapacitado?

El nuevo curro no estaba mal, mejor pagado que el anterior, el problema eran los compañeros, o uno de ellos. Saúl era bastante cateto. Aunque esta conversación que mantuvimos en la cafetería la he tenido más de una vez, más de dos y más de tres. Ya he perdido la cuenta.

–Tengo una discapacidad reconocida del 36%
–¿Y eso? Si se te ve normal.
–Me operaron de la espalda cuando tenía trece años. Escoliosis.
–¿Qué te impide?
–Bueno, tengo movilidad reducida, no puedo flexionar la columna vertebral. Tengo prohibido cargar peso, el ejercicio de alta intensidad, ir en moto, los deportes de contacto, las atracciones, mantener ciertas posturas mucho rato…
–¿Solo eso?
–Sí, «Solo eso».
–Joder, y con eso ya tienes tu cupo aquí en la empresa. Además, podrás aparcar donde quieras.
–No tengo carné.
–Bueno, si lo tuvieras podrías aparcar donde quisieras. Qué vienes, ¿en tren?
–Sí.
–Seguro que lo tienes gratuito.
–Tengo un bono de transporte, sí.
–Joder, y yo dejándome una pasta. ¿Es verdad que la universidad os sale gratis?
–En la pública no pagas los créditos.
–Mierda, yo quería hacer una segunda carrera, pero a los demás nos cuesta un ojo de la cara. Tú podrías hacer las carreras que quisieras.
–Supongo que sí.
–Joder, tío, cómo te lo montas. Todos esos beneficios por no poder doblar la espalda… ya me gustaría a mí. Seguro que recibes alguna prestación.
–Lo cierto es que no.
–¡Escoliosis! En serio, ni se te nota. Si caminas bien y todo. Menudo chollo. Yo también quiero que me operen...
–Si quieres te rompo la espalda.
–Jajajajajajaja. Joder, tío, me meo contigo. En serio, qué suerte has tenido. Ojalá ser tú.
–Me lo dicen mucho.